La vergüenza de estar vivoA fuego lento
Apreciable señor Wittgenstein de Adriana Abdo. Tusquets, México, 2017
06:00Roberto Pliego

Sabemos que la realidad no se ciñe a las infamias o miserias con las que desayunamos mientras ojeamos los periódicos. La realidad puede asumir también la forma del sueño, la fantasía, la especulación filosófica, el deseo; y puede, como ha probado brillantemente Adriana Abdó, imaginar una vida que creíamos sepultada en el pasado.

¿A quién imagina la novela Apreciable señor Wittgenstein (Tusquets, México, 2017)? Al poeta austriaco Georg Trakl, débil e inservible para la guerra, quien sostiene un diálogo epistolar y apócrifo con el filósofo alemán Ludwig Wittgenstein mientras deja transcurrir las últimas semanas de su vida en el pabellón de alienados del Hospital de la Guarnición en Cracovia. La voz que Abdó ha concebido para Trakl es refinada y llena de odio contra su propia naturaleza malsana y retorcida. Semejante combinación alcanza un ritmo musical hecho en buena medida de golpes embriagadores y contundentes. Nada está de más, nada falta, y llevados por la cadencia de este justo equilibrio disfrutamos un estilo fiel a la armonía de los contrarios: la belleza de la expresión convive con la conciencia de la angustia.

"No deseo regresar al horror de la guerra, a la existencia en este mundo", escribe Trakl mientras el suicidio va tomando forma al tiempo que se agotan la tinta y el papel. La vida, descubrimos entonces, solo tiene sentido en la medida en que aún existan oportunidades para la escritura. Esta es una de las muchas y dolorosas revelaciones que concede Apreciable señor Wittgenstein. Otra es la figuración de una poética sobre el dolor de vivir en una época embelesada por el ruido de las armas y el correr de la sangre. "No sé qué hago en este mundo", confiesa Trakl en una de sus cartas al recordar su viaje a Venecia, en 1913, en compañía de su amigo Ludwig von Ficker y el editor y polemista Karl Kraus.

Adriana Abdó ha sabido interpretar las ruinas interiores de un hombre para quien el amor, la piedad, la solidaridad, carecen de espesor frente a la vergüenza de estar vivo. No en vano apenas dirige su atención a los paisajes exteriores: la casa de la infancia, los burdeles, las habitaciones de hotel, las calles de Viena y Salzburgo, la celda inmóvil.

El artificio de crear a un profesor que en 2007 descubre el manuscrito que atribuye a Trakl y que interpreta, o reescribe, a la luz de sus intuiciones hace de Apreciable señor Wittgenstein una galería de espejos donde se reflejan la voluntad del creador y la adhesión del lector. Una y otra definen la reveladora aventura que ha emprendido Adriana Abdó.