Callejón de los LocosMe llevaste al lugar, me sentí incómodo ante la familiaridad de los desarrapados que se alegraban de verte, bebías de las botellas de plástico con aguardiente, hablabas con ellos, en algún momento me pediste que me largara. No lo hice.
Callejón de los Locos
03:20Crónica por Susana Iglesias*

Crece lentamente, elegante, oscura: pinot noir. Crecer en bajas temperaturas no es fácil, su interior produce también vino blanco, la cáscara es delgada, propensa a ser atacada fácilmente por las plagas, me asombra su color por fuera, parece imposible que salga un buen champagne o vino casi transparente de una cáscara violeta profundo-negra-rojiza. Nunca trates como pinot noir a alguien que escupe en el piso, fabricarás un scum sucking. Los reyes españoles prohibieron la vitivinicultura en algunas regiones, no tenemos registro de cultura de cultivo-consumo antes de 1492, te lo dije muchas veces, me dabas la razón, "estoy segura que alguna cofradía de la uva brindaba en América antes de esa fecha, en cualquier barrio son indispensables", eso éramos: bebedores venerando un dios iracundo y alegre: el vino.

¿Cuándo tomé la primera botella de tinto?, entera, hasta la última gota. La memoria patea mis vísceras, todo espacio en pasado: sitio horrendo, helado. Habías muerto, suicidio, casi dos años sin saber de ti, alguien llamó, encontraron mi teléfono en una libreta. Bebí toda la botella escuchando a Pixies. No volvería a ver esa mirada triste de 17 años. Nos citábamos en La Navaja, un bar que ya no existe, todos los sitios en los que bebíamos ya no existen. A veces pienso si de verdad existo, todo lo que recuerdo de nosotros está muerto.

-Listo, dímelo.

-No.

-¿Por qué?

-Es un sueño secreto.

-Basura, pura basura, si vas a decir algo: ¡hazlo!, es mejor quedarse callada si no pensabas decirlo, no existe juego más estúpido que la intriga.

-No me considero tan interesante, ¿de qué hablas? Lady Macbeth sí que era interesante, sí que conocía la intriga.

-Tienes razón.

-Quiero comprarme una navaja automática en Navidad.

-Es una gran idea, pidamos otro trago. Después vamos con Sabino. "Ni veneno, ni puñal".

Jamás existió un día tan hermoso, tan cruel como ese. Nos tomamos cuatro cervezas heladas, el último trago era una invitación a muchos más, siempre fue así, el ron se había acabado, casi no bebías ron, decías que estabas harta, aquel idiota con el que bebías ron te traía malos recuerdos. Esa tarde bebimos demasiado ron, tratamos de bajarlo con cerveza, no funcionó. Sin decirme nada compraste una caguama a un botellero que cubría las cajas de las caguamas bajo bolsas enormes de botanas a granel y una manta. Borrachos nuevamente caminamos hacia Garibaldi, entrar por República de Perú era nuestra costumbre más hermosa, nos deteníamos siempre en la esquina, "te invito un putito", me decías empujándome hacia las cortinas del Bar 33, pienso en ti, todos tus mejores amigos eran homosexuales, nunca noté dolo o burla o menosprecio en la palabra putito, por primera vez tomé tu muñeca fuertemente, "va", sonreíste, nos metimos al 33, estaba casi vacío, dos militares borrachos dormitaban en las escaleras de madera, estaban abrazados, uno no tenía camisa, "no, me daría mucho asco besarte después, detesto a los pinches milicos", las luces de la ciudad nunca antes me parecieron como en ese momento: tan pobres, sucias, tan tristes.

Caminamos silenciosos, nos detuvimos cerca del estacionamiento, ahí acariciaste a un perrito negro con sarna. Pensé en la orfandad, lo solos que estábamos. Te pedí que nos sentáramos en la fuente de piedra, ya no existe, ahí en el callejón Montero, supliqué que nunca me dejaras, cada vez que nos despedíamos me daba miedo no volver a verte, "¿quién te crees?, ni siquiera sabes mi nombre completo, no sabes ni qué quieres, eres un idiota", me besaste, sacaste de tu mochila la caguama, la tomamos ahí antes de atravesarnos con Sabino.

-Quiubolas, ¿qué se va a hacer?

-¡Córtele la pinche barba, me da asco!

-¿Ya se casaron?

-No.

-Tenga cuidado con la fierita.

El viejo te cerró el ojo, le agradabas, no puedo decir lo mismo de las mujeres que corría de la peluquería.

-¿Vienen de La Navaja?

-¿Cómo sabe?

-Huelen a ron adulterado y traen aserrín en las patas.

-¿A qué huele el ron adulterado?

-A ustedes.

El local desgastado, los años pasaron encima como voraz incendio de lenguas sin memoria. Arrasando todo, paredes desgastadas. Aquella silla que parecía del siglo pasado, un hombre necio, hermoso, envejecido, muerto de tan solo. Sentado e inmóvil, el miserable hombre genérico cortándose la barba por una mujer. Sabino me arregló el pelo, el marco espeso y rojizo desapareció, en ese local de Perú 9-B abriste un libro de Tolstoi mientras me cortaban. Al salir querías seguir bebiendo, caminamos hasta La Esperanza, "no voy a volver acá, me trae recuerdos horribles, vámonos", en la acera de enfrente tus recuerdos eran otros. Me llevaste al Callejón de los Locos, me sentí incómodo ante la familiaridad de aquellos desarrapados que se alegraban de verte, me ignoraste por varias horas, bebías de las botellas de plástico con aguardiente, hablabas con ellos, en algún momento me pediste que me largara. No lo hice. Pasamos la noche vagando, "El Tenampa me queda chico, la mejor cantina en Garibaldi es la calle", arrebataste una botella de tequila a una pandilla de niños mimados, nadie te detuvo. En algún momento de la madrugada paramos en una piquera, me levanté al baño, al regresar ya no estabas. Al regresar a casa, no dormí, eran los tiempos que uno espera sentado junto al teléfono una llamada, esperé todo el día, llegó tarde, casi a las 11 de la noche, mi madre se alarmó, "dile que no llame tan tarde, ¿qué?, ¿no tiene madre o padre que le digan que es muy tarde para llamar?", contesté, te pregunté dónde estabas, se escuchaba ruido de mariachis, "te veo mañana en El Mariscala a las 5", bar barato, en ruinas, ninguno de los vagabundos que ahora duermen afuera estaban ahí, en ese lugar citabas a todos los hombres con los que deseabas terminar, me contaste al menos cuatro rupturas en aquella barra con olor a humedad.

Media hora antes de nuestra cita llamé desde un teléfono público al hotel rancio en el que vivías a unas calles de ahí, Pedro Moreno número 14, Hotel Riva Palacio. Te hablé para cancelar, el recepcionista con voz pastosa escupió: "Ven si quieres, te paso la llave, no está sola, te va a costar un billetito de....", colgué, las tripas se hicieron mierda, tuve ganas de derribar de un puñetazo la maldita cabina. Crucé, estuvieron a punto de atropellarme, estuve dando vueltas cerca del Blanquita, recordé cuando tocó la Polla Récords, te recordé, me dabas asco, lo único que quería era poder descubrirte, decirte que lo sabía. Nunca entendí esa obsesión por El Callejón de Amargura, "el corazón de Garibaldi, el sitio más hermoso, aquí he muerto muchas veces y como ves: he regresado también muchas", esa tarde no llegué. Estuve dando vueltas sin saber qué hacer, decidí esconderme en el bar que odiabas, llegaste por casualidad o porque me conocías, discutimos afuera, todo es confuso, nos gritamos, señalé la forma en la que te había conocido, "me das asco", diste unos pasos hacia atrás, mirándome seriamente, estabas callada, de pronto gritaste "¡lávate las manos, el puto recepcionista me robó hace una semana, es una mierda, igual que tú!", diste la media vuelta antes de llorar, mientras avanzabas sentí el desprecio de aquellas manos tuyas, estabas limpiándote los ojos, caminabas, tu espalda estaba rígida, avanzabas rápido,las manos sobre tu cara limpiándote. ¿Qué hice después?, enjuagarme la boca con ron, después con agua, no sirvió.

La sensación se extendía en partes de mi cuerpo y mente que nunca imaginé que existieran. Me gustaría decirte que todo aquello que grité era para mi, la cobardía es detestable, nos separa de los otros animales, está dotada de espíritu de supervivencia. La nobleza de tu mirada de animal salvaje: mirando una fuente de piedra o un vaso. Viles, miserables, regidos por una moral antagónica, cualquier hombre derrotado es digno de lástima. ¿Por qué no acepté pagar un billete por la llave?, lo hice porque no quería correr riesgos, eso es lo que debería hacer alguien que ama: arriesgarse, tenía miedo de encontrar una verdad podrida tras esa puerta y ese pasillo con olor a orines. Frágil, solitaria, parecida a un racimo de pinot, propensa a plagas, expuesta ante insectos ponzoñosos. La calle de República de Perú nos recuerda, tu esquina favorita colapsó hace meses,las dudas rasguñan ante cualquier recuerdo atado al vino. ¿Para qué obsesionarse en plantar pinot noir en una región hostil?, eras una cepa rara, todos los días me pregunto si ahora sería distinto, si el Hotel Riva Palacio estará esperándome en el pasado, te recuerdo al destapar cualquier botella. Esta noche un viejo perro herido igual a mí, se lava las manos una y otra vez, como Lady Macbeth.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets)

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