El lugar de las cocinas sin techo…La de casas destrozadas es la imagen que predomina en el municipio de Jiquipilas, Chiapas, y a pesar de que los daños son mayores, algunos habitantes se rehúsan a dejarlas.
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Una de las viviendas afectadas.
04:49Crónica por Daniel Venegas y Abraham Jiménez

A golpes de machete, Leopoldo va dando forma, poco a poco, a lo que será una pequeña cocina para su familia. Clava el filoso metal una y otra vez en lo que hasta el viernes pasado era una viga en lo alto de su casa, su hogar que ahora es inhabitable.

El viernes pasado Rodrigo Flores, un joven de Tuxtla Gutiérrez, hizo volar un dron para videograbar los estragos causados por el sismo al Ejido Quintana Roo, en el municipio de Jiquipilas, aquí en Chiapas.

La casa de Leopoldo, destrozada, ocupaba un lugar en ese video: sus daños se apreciaban desde el aire. Hoy desde tierra, todo es peor. La barda sigue tumbada hacia la calle y el techo de lajas está regado por todos lados. Una pared de las que quedó en pie amenaza con caer. Poco a poco se ha ido inclinando hacia adentro de la edificación derruida.

La presidenta municipal de Jiquipilas, Ana Laura Romero, establece la gravedad de la situación: siete de cada diez. Así, con números simples. En el Ejido Quintana Roo 70 por ciento de las casas presenta algún tipo de daño estructural. Más de 300 personas pernoctan en el auditorio municipal, habilitado como albergue.

Pero hay quienes no piensan ir a ese lugar.

Uno de esos es Leopoldo y su familia. Sudando copiosamente en medio del patio de la casa, el hombre de barba blanca, abuelo de cuatro niños, ha tomado ya las medidas necesarias para construir una rústica estufa de tabiques y una placa de cemento en su predio.

Es nueva su cocina al aire libre, pero ya huele a leña quemada. Su esposa ha utilizado la cocina de la casa, pero no quiere hacerlo más. No tiene techo y los muros están incompletos. María Patricia, esposa de Leopoldo, acepta que le da miedo estar viviendo ahí, pero que su nieta llora porque no quiere dejar su casa. Estos son sus tiempos, como los de muchos más, de cocinas que se quedaron sin techo.

Bajo árboles de mango y tamarindo se observan dos grandes carpas. La que está fabricada con plástico negro es la más grande. Ahí buscan acomodo en tres colchones seis personas. Dos adultos y sus cuatro hijos. El más pequeño aún no cumple su primer año. Además de los colchones, un sofá se ubica estratégicamente frente a un televisor y este se conecta con un cable que corre a lo largo del piso de tierra, con una antena satelital atada a un tronco en medio del patio. Junto a un pozo que ahora vomita agua de color café claro, juegan dos niños de no más de diez años.

Del otro lado del poblado, una clínica móvil ha sido colocada frente al centro de salud.

Ahí, las consultas se realizan una tras otra. Los pacientes hacen fila sentados bajo la sombra de los árboles, en la calle. Dos médicos atienden, uno en cada consultorio con los que cuenta este servicio de salud sobre ruedas. Son más de mil 200 médicos y enfermeras del IMSS los que han llegado ya a Chiapas y Oaxaca. Hoy, más de 100 pacientes obtuvieran atención hasta las tres de la tarde.

El médico encargado, Sergio Alejandro Vázquez, explica que en su mayoría han acudido personas con procesos infecciosos, aunque también se atendió a algunos pobladores con golpes. También empiezan a proliferar las enfermedades respiratorias: muchos de los que han dormido a la intemperie por no tener casa, o por temor a que ésta se derrumbe, comienzan a resentir los efectos del enfriamiento.

En un municipio aledaño, el de Cintalapa, los albergues dispuestos para atender a los damnificados lucen casi vacíos. La gente no quiere dejar sus casas, aunque estén dañadas, por temor a que les roben lo que les quedó. El gobernador ha rogado a sus ciudadanos que las abandonen, pero no, no lo hacen.

En la Casa Ejidal de Cintalapa, habilitada como albergue, no son más de 30 las personas que han acudido. Son en su mayoría mujeres y niños. Un anciano en silla de ruedas observa la calle desde la puerta del lugar. Adentro, los niños casi no hacen ruido, no corren. Los bebés no lloran. Solo esperan el paso del tiempo. Algunos, como Kevin Ramiro Mejia, pasan el tiempo platicando con otros jovencitos de su edad, sentados en colchonetas. Como no hay clases, toma sus libros y los hojea. Su madre le acaricia el pelo y asegura que no lo mandará a la escuela aunque se reanuden las clases.

-Es muy peligroso.

-Pues sí, sigue temblando aquí, en el lugar de las cocinas sin techo.

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