Julio PatánMis experiencias en prisiónMalos modos
2015-09-15

El título de esta columna es bastante marrullero. En realidad, he estado tres veces en la cárcel. Una, en el acto de ser fotografiado para una campaña publicitaria por mi talentoso amigo Ernesto Lehn. Las otras, que son las que me ocupan ahora, en lo que llamaré promoción cultural.

Primero fue el Reclusorio Oriente. José Ramón Ruisánchez y yo llegamos ahí por instrucciones de Gabriel Santander, el productor de Entrelíneas, un programa de libros que conducíamos para el 22. Iba mentando madres. "Pinche Gabriel, ¿por qué tenemos que hacer esto? ¿Queremos demostrar que somos muy arrojados, muy originales, o qué? Si están encerrados, por algo será. Que paguen el precio". "El que hablaba era tu republicano interior", me dirán, y seguramente es cierto. Pero hablaba, sobre todo, mi cobardía: apenas disimulaba el estrés. Me equivocaba, claro. Luego de meterme hasta la cocina del Oriente y de ser acompañado de vuelta a la salida por el director entre disculpas que tal vez digan algo sobre la fuga del Chapo –"¡No sé cómo pasó esto: ustedes sólo tenían permiso de acceso para el Anexo!"–, me vi en un patio con unos 200 reclusos. Hicimos el programa, departimos con ellos, los supimos entre divertidos y curiosos. Y algo entendí sobre las razones para estar ahí. No es que esos hombres se hayan visto permeados por el espíritu sublime de la literatura, pero me consta que algo despertó en muchos de ellos, que agradecieron la fractura de la rutina carcelaria, que sintieron empatía y respeto. Sobre todo, constaté que en las prisiones cabe el arrepentimiento, que los errores son más frecuentes que la maldad y sobre todo que sí, abundan la injusticia para los pobres, la negligencia burocrática que hunde vidas, la ceguera o corrupción a lo Presunto culpable.

Todo esto lo reconfirmé hace poco. Esto y más. El escritor Maruan Soto maquinó el programa Leer en Prisión, que pondrá a un grupo de escritores a hablar de sus libros en las penitenciarías del DF. Nos tocó echar a andar el proyecto al propio Maruan, a Jorge Alberto Gudiño y a mí, en Santa Marta Acatitla. También iba mentando madres: "Pinche Maruan, un verdadero amigo jamás te lleva a la salida a Puebla, y menos a esto". También me equivoqué. Descubrimos ahí otra realidad carcelaria: la de la biblioteca llena, la de los hombres que estudian y se titulan, la de los presos que se adueñan con entusiasmo de la palabra porque te permite escapar un rato, dialogar con tus demonios, quizás entender mejor el peso de tus actos. Bien por ellos, bien por nosotros, que –si perdonan la imagen más bien obvia– salimos de otros encierros, los del miedo y el prejuicio.

De todas maneras, pinche Maruan.

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